Este texto crítico foi criado por Ángela López Ramos & Álvaro Albaladejo, em resposta ao espetáculo Não se Vê, Não se Guarda de Thiago Granato, apresentado no festival Citemor 2026, Montemor-o-Velho, a 31 de Julho. Versão original em PDF aqui.
Não se vê, não se guarda es la última creación de Thiago Granato presentada durante la 48º edición del Festival Citemor en el bello y particular teatro Esther de Carvalho. Se trata de un concierto o diálogo entre el pianista Hélder Bruno y el propio coreógrafo, a través del cual se persigue la interferencia y afectación por parte de ambos creadores. Thiago Granato y Hélder Bruno han seleccionado materiales propios de otras piezas pasadas o composiciones de repertorio en una suerte de retrospectiva dual.
Un día después de la presentación, y en conversación con Granato, nos fue desvelada esta información. Durante la pieza solo tuvimos la oportunidad de tener la presencia de Thiago. Por tanto, no pudimos asistir a esta colisión de archivos propios, a esta relación entre coreografía y música; en definitiva, a todo aquello que acontece en el espacio liminal de ambas presencias y que, según Thiago Granato, es la situación que da lugar a la pieza.
Durante nuestra estancia en Montemor y trabajo en relación con lxs artistas residentes, decidimos utilizar nuestro archivo particular de imágenes para vincularnos con los materiales que se nos ofrecían. Una devolución a lxs creadores a modo de estampita o imagen de poder que resonase durante la asistencia a ensayos, presentaciones y conversaciones. En el caso de Não se vê, não se guarda, al igual que Thiago Granato se interesa por aquello que ocurre en el medio de la relación entre música y cuerpo, nosotros nos detenemos en la relación de las imágenes de la propia pieza y aquellas que han sido evocadas durante nuestro vínculo con lo acontecido.
Un hombre yace en el suelo de un escenario. Se sitúa sobre una línea de linóleo blanco dispuesta en perpendicular al eje del proscenio. A su alrededor, dentro y fuera del linóleo, hay esparcida una colección de objetos. Es difícil determinar el motivo de su disposición; aparentan haber sido utilizados o estar preparados para ser manipulados. Entre los objetos, destacan aquellos que presentan colores vibrantes: una gorra roja, una botella de una conocida marca de refrescos, un libro que muestra sus guardas amarillas, una tela estampada y un pequeño ramo de flores artificiales. Otros objetos menos coloridos, pero igualmente singulares, rodean la figura central. Es el caso de un cráneo blanco diseñado para el estudio anatómico y un pequeño abanico negro.
El cráneo está iluminado parcialmente. La luz se arroja de forma frontal, dejando entrever lo que en algún momento fue un rostro humano, permitiendo reconocer que faltan una serie de piezas dentales en su sonrisa mellada. Del mismo modo queda iluminada la parte lateral de un viejo ataúd de madera, que es abrazado sin aparente esfuerzo con su brazo izquierdo. Sobre el ataúd se derrama drapeada una tela blanca. Una guadaña es empuñada por este mismo brazo; solo se alcanza a reconocer su forma a través de la línea que dibuja el brillo del metal de su hoja. Otros objetos metálicos emergen de las sombras siguiendo la misma estrategia, mostrando su anatomía a través de los destellos.
Esta figura que yace en el suelo porta una máscara que protege y oculta su rostro, es una pantalla irisada que refleja haces de color violeta, azul y dorado. Las palmas de sus manos emiten una luz blanca que se proyecta sobre los objetos que las rodean; también hacen resplandecer la casaca naranja flúor que envuelve su cuerpo. El motivo de su posición no se conoce, puede estar en reposo, puede haber caído o puede haber sido abatido. Junto a sus pálidas rótulas, oscilantes entre el bermellón y el blanco hueso, hay apilada de forma abrupta y con atractivos pliegues una montaña de telas que sirve de base al conjunto de objetos metálicos.
En el centro, dividiendo el espacio, hay dos varas de focos paralelas entre sí. No tienen luminarias pero emiten luz. En la parte superior, bajo el margen, aparece un brazo cubierto con voluptuosas telas color caldera. La mano, en una estilizada postura, sujeta una balanza perfectamente equilibrada. El astil es horizontal a pesar de que ambos platos o bandejas de pesaje están cubiertos de diversos objetos y animales. El platillo de la izquierda sostiene una cabra, un perro y un ratón. El de la derecha, una hogaza de pan, un queso y un sagrado corazón. En la bandeja de la izquierda podemos leer la inscripción Ni más; en la bandeja de la derecha, Ni menos. Ni más, ni menos parece indicar la cantidad de bienes o el peso que se puede portar más allá de la vida. Não se vê, não se guarda.
Entre las varas de focos y la balanza, una bandera ondea en un movimiento perfecto. Apenas podemos ver su mástil en ese fragmento de espacio. La bandera, un velo de plástico semitransparente, adquiere forma de triángulo isósceles y sus volúmenes parecen formarse como espuma de mar. Este efecto se acentúa gracias a la iluminación esmeralda.
Toda la composición se quiebra mediante la diagonal que traza el ataúd del que emerge dicha figura. La descomposición del cuerpo, visible en su rostro de gesto compungido y risa sardónica, nos recuerda a las ilustraciones del kusôzu japonés. Su mano descarnada se aferra con firmeza al báculo dorado. Un insecto se posa sobre la mitra que enfunda su cabeza. Ambos objetos revelan una posición poderosa en vida.
Finis Gloriae Mundi, reza un jirón de tela bajo su caja. El fin de las glorias mundanas. El resto de elementos que cierran la escena refuerzan esta idea: coronas de metal pulido; un yelmo y un sable con guardamanos de orfebrería; cetros de mando con incrustaciones de piedras preciosas; un esbozo de la fachada de una catedral abriendo sus puertas al cielo; y el globo terráqueo sobre el que se erigen los famélicos restos de este esqueleto.
Arriba, en el centro, en doradas rúbricas se puede leer la siniestra leyenda: In ictu oculi. La advertencia es clara, la evanescencia y futilidad de la existencia. Toda la imagen se puede apreciar en un único parpadeo. En un abrir y cerrar de ojos.
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Ángela López Ramos (Córdoba, 1984) Titulada en Arte Dramático dentro de la especialidad de Escenografía (ESAD Sevilla); posteriormente cursó el Máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural (UCM Madrid). Su trabajo cristaliza distintas disciplinas vinculadas al hecho escénico contemporáneo, desde la creación de piezas escénicas, la concepción de contextos de exhibición, al diseño de espacios y la iluminación. Formó parte del colectivo Vértebro desde el año 2007 hasta 2024, mostrando sus trabajos en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque (Madrid), Sâlmon Festival (Barcelona) o Reims Scenes d ́Europe (Francia), entre otros. Ha comisariado junto a
Vértebro Beautiful Movers (Córdoba), un milagro-encuentro para la escena andaluza por donde han pasado artistas como Rodrigo García, El Conde de Torrefiel o Societat Doctor Alonso. Ha trabajado como escenógrafa con el coreógrafo Quim Bigas, con el trapero Dellafuente o con la coreógrafa Natalia Jimenez. También ha iluminado el trabajo de Helena Martos y desarrolló labores de producción técnica en el Festival Cumplicidades 2020 (Lisboa). En la actualidad colabora con el artista plástico Álvaro Albaladejo en la creación de espacios y situaciones en las que ponen en relación la percepción y sus mecanismos internos, activando todo un operativo emocional. Además, en 2026 ha formado parte de Archivo al Corro, un proyecto de investigación comisariado por Natalia Jiménez e Irene Cantero, en torno a la tarea de documentación y archivo de los procesos artísticos. Combina su labor profesional entre la práctica escénica y el diseño, y la labor docente en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba.